Una nueva generación de Open Source

Zimbra. SugarCRM. Alfresco. Funambol. Hyperic HQ. Openbravo. Incluso Websphere, de IBM. ¿Qué tienen en común todas estas aplicaciones? Todas son lo que se ha llamado Commercial Open Source: open source sí, pero a vaquiña polo que vale.

Al principio, las aplicaciones open source eran horriblemente feas, funcionaban con interfaces más complejos que la declaración de la renta de Ruíz Mateos, y encima no implementaban todo lo que hacían las comerciales. Parece increíble que hubiera gente que las usara. Pero gracias a esos fanáticos ridiculizados por todo el mundo, que tuvieron que aguantar muchas burlas cuando los demás veían que cosas tan sencillas como configurar un ratón llevaba media hora, esas aplicaciones siguieron evolucionando. Alguien dijo que Linux se iba a comer a Windows porque era más estable y requería menos equipo. Esas buenas gentes decían que incluso su abuela sería capaz de usar fvwm (¡fvwm!) con un poco de ayuda. Un tipo llamado Rasterman creó un engendro llamado Enlightenment, un window manager que usaba gráficos y colorido nunca vistos; pero era algo experimental, sólo un prototipo, la versión 0.12. Por lo demás, ése iba a ser el año del escritorio en Linux. Ésa fue la primera generación.

Como en el mundo real, en el mundo open source funciona el survival of the fittest: las aplicaciones que siguieron siendo complicadas de manejar y limitadas dejaron de usarse, por muy libres que fueran. Los nuevos usuarios de Linux de aquella época vieron nacer Gnome y KDE: feísimos, con pocas aplicaciones nativas y que se usaban al principio para poco más que lanzar xterms y ejecutar en ellas las aplicaciones de siempre. A estos usuarios les tocó aguantar que les dijeran, por un lado, que Linux copiaba a Windows, y encima mal; y por otro, que los veteranos (los que seguían usando las aplicaciones de primera generación) les dijeran que no eran "puros", que el modo texto era suficiente y que eso de las ventanas era un lujo innecesario. Pero Gnome y KDE estaban ahí, y funcionaban (más o menos), y ya se podían hacer unas pocas cosas con programas hechos en toolkits menos horribles que los prehistóricos Athena y Tk. Pero todo el mundo sabía que el window manager más espectacular seguía siendo Enlightenment: el más atrevido, la elección de todo el que se compraba un ordenador nuevo para darle envidia a sus amigos, el mejor. Gnome usaba una versión modosita, pero gente menos vergonzosa (y con mucho mal gusto) llenó Internet de screenshots increíbles que mostraban todo lo que daba de sí. Aún no estaba maduro (sólo iba por la versión 0.16), pero en unos años sería lo más. Aquel iba a ser el año de Linux en el escritorio, sin duda. Ésa fue la segunda generación.

Llegó la revolución: ¡Linux 2.4! ¡Con soporte de USB y esas cosas modernas! (en el servidor, 2.4 marcó un hito con soporte de LVM y la presentación de iptables, un sistema de firewalling stateful) En el escritorio, que ahora todo el mundo usaba (Richard Stallman todavía decía que Lynx le llegaba para todo el browsing que hacía, pero a esas alturas ya nadie le hacía mucho caso), por fin se podían usar tipos de letra TrueType, como en Windows. ¡Y con antialiasing! Qué bonitos eran los escritorios de entonces. Eric Raymond estaba proponiendo un nuevo sistema de parsing de los menús para la compilación del kernel, que era mucho mejor que el que había; mayormente, porque lo había hecho él, que sabía judo y tenía licencia de armas. A ver quién lo discutía en persona. Había muchas aplicaciones nativas tanto para Gnome como para KDE. Pero ... ¡horror! Se estaban colando extraños en la discoteca Open Source. Eran usuarios. Gente que no había editado nunca a mano un sendmail.cf, ni compilado su kernel con make config, ni instalado su sistema con diskettes y módem de 56k. Niños pijos, vaya. Se ponían "el" Linux que venía en las revistas y luego llenaban los foros con preguntas ridículas de usuario (mientras tanto, en algún rincón del mundo, Rasterman estaba trabajando en la versión 0.17 de "E", que es como se llamaba ahora a Enlightenment; aunque era una versión de desarrollo prometía mucho, como Guti, la eterna promesa). Los ermitaños del Open Source, los de la primera generación, no se enteraron de la invasión porque usar foros web con Lynx era un acto de paciencia al alcance de muy pocos y muy devotos de la religión freesoftwarista; los de la segunda generación se burlaron de los recién llegados todo lo que pudieron, golpeándoles con su elitismo hasta que muchos se cansaban y reinstalaban Windows. ¡Bien les estaba! ¡Que volvieran a su mundo! Con Gnome versión 2 y KDE versión 3, el mundo se rendiría a Linux. Era el momento: aquel sería el año de Linux en el escritorio.

Y entonces apareció Ubuntu. Linux, todavía más fácil. El retorno de la tercera generación de Linux, los exiliados, que para asombro e indignación de la segunda generación iban ahora de listos porque habían instalado una distribución cuando todavía no venían en DVD. Más usuarios "expertos" quejándose de los newbies. Compiz y los efectos 3D por fin en el escritorio Linux. Que ahora, ahora sí, de verdad de la buena, iba a dominar el mundo. El año del escritorio en Linux. En serio.

Y mientras todo el mundo se preocupaba por el escritorio, en el servidor pasaban otras cosas. Linux echaba a patadas a otros Unix más antiguos. Viejas máquinas Alpha, IBM y Sun eran sustituidas por PCs, con Linux dentro. Los firewalls y proxies con Linux crecían como setas en los perímetros de las redes, de mano de los miembros más jóvenes y/o arriesgados del staff de las empresas. Aparecía la virtualización, copiando sin ninguna vergüenza muchos de los conceptos y las técnicas que IBM usaba en sus mastodónticos mainframes.

Y poco a poco, hubo gente que empezó a vender Linux ... sin decir que era Linux. Sin ponerlo en la caja como algo especial, ni hacer anuncios de "¡usamos Linux! ¡somos buenas personas!". No hacían llamadas a esa "comunidad" del Open Source que todo el mundo mencionaba y que, por fin, estaba diluyéndose en el gran público. Se formaron empresas que vendían productos basados en Linux, disfrazados de aplicaciones serias con comerciales que hacían presentaciones en PowerPoint, tenían sonrisas Profidén y traje con corbata. Todas estas empresas hacían trabajo de integración: cogían varios productos Open Source y los ponían todos juntos, bien ordenaditos, para hacer el papel que hasta entonces hacían servidores configurados artesanalmente por cuatro gurús que se pensaban imprescindibles. Los gurús fueron sustituidos por unos appliances que llevaban el mismo sistema operativo que ellos habían promocionado en la empresa; y lo irónico es que sus jefes, que habían oído hablar tan bien a los gurús de Linux, ahora lo valoraban como algo bueno, porque en la forma del producto de las nuevas empresas les ahorraba gastos y les permitía tener menos personal. Orwell habría escrito uno o dos libros sobre el tema si siguiera vivo. Los gurús abrieron la puerta a su mayor enemigo. Vae victis!

Estas empresas son la nueva generación del Open Source. Con ellas Linux pasa de pura sangre que hace exhibiciones en algunas carreras a un percherón que hace un trabajo necesario; pasa de un adolescente con ganas de comerse el mundo y demostrar lo que vale a una persona adulta con responsabilidades. Se convierte en algo serio. Echa barba. Se casa y tiene hijos. Linux se hace mayor.

O quizás somos nosotros los que lo hacemos.

Artigo super chulo

Encantoume tio,

saúdos Xabi Barral