La vida, el universo y todo lo demás

Filosofía barata de una mente aburrida.

Estilización de figura

Ya van tres o cuatro personas que me dicen que he adelgazado. Por lo tanto, he decidido aceptarlo oficialmente y hacerme a la idea. Parece que al final, lo del deporte va a valer para algo y todo. Puede que incluso me atreva a ir a un sitio con báscula y pesarme, para ver si he bajado kilos de verdad.

Eso sí, no me pidan fotos en tanga, que no las voy a poner. A ver por quién me han tomado.

Bizcocheando (2)

Ajá, han leído bien. No contento con mi experimento anterior, lo volví a hacer. Volví a hacer un bizcocho.

Debería haberlo contado antes, en realidad. El evento fue la semana pasada, para llevar el producto de mi sudor y lágrimas (que no fueron al bizcocho, por si alguien lo pensaba) a una cena que generosamente organizó Harapos. La cena consistió en una fondue de queso y chocolate, usando fresas, plátanos, croissant y mi bizcocho para mojar. La fondue estaba buenísima, y no tuvimos que tirar nadie al río ni nada (¿no leyeron "Asterix en Helvetia"?). Una suerte, porque creo que quedaba lejos y no hacía mucho calor fuera.

Me sentí muy halagado cuando vi que el bizcocho se acabó casi antes que las demás cosas. Y creo que el día siguiente ni siquiera tuvieron que llevar a nadie al hospital. Estoy muy orgulloso.

Aún así, el bizcocho no salió bien del todo. La culpa fue de mi ignorancia (¿sabían que los hornos hay que precalentarlos? Pues yo tampoco) y de los consejos de las cajas de levadura "Royal", que dicen que hay que echar medio sobre cuando allí hacía falta, mínimo, uno entero. Así que salió algo más parecido a un bizcocho que la última vez, pero no como los de verdad.

Y esta vez usé aceite para engrasar el molde, no mayonesa. No disimulen, sé que es lo que iban a preguntar.

Hoy, con el nuevo conocimiento adquirido tras mi extensa experiencia de dos ocasiones, lo intentaré de nuevo. Si me sale algo bonito, le haré una foto y lo pondré por aquí, para que vean que no me lo invento.

Bizcocheando

Hoy me he puesto a hacer bizcocho.

Como buen Rodríguez, partí de un cuidadoso plan basado en la casi completa ignorancia de cómo se hacía un bizcocho. A mi favor: un curso de cocina en el que (me han dicho) hicimos un bizcocho y haber visto a mi tía hacerlo un par de veces. En contra: ser un hombre, no haber hecho nunca un bizcocho, no haber usado nunca el horno, no haber usado nunca la batidora, haberme olvidado de todo lo que hicimos en aquel curso de cocina, y ser en general torpe y chapucero. ¿Pero quién dijo miedo?

El primer paso fue fácil: escoger cuatro huevos, echarlos (nota importante: sin las cáscaras) en el ... el ... bueno, el chisme donde se baten las cosas con la batidora. Como está mal que me refiera a él de forma tan poco precisa e impersonal, le llamaremos Pepe.

Eché los huevos y el azúcar dentro de Pepe. La receta original son 8 huevos y 200 gramos de azúcar, pero como lo mío era una prueba de bizcocho unipersonal, eché la mitad de todo. Luego lo batí todo hasta punto de nieve, o de relieve, que decimos los expertos (sé que no es lo mismo; ustedes disculpen). Luego eché la harina, y un ingrediente especial: un poco de leche. Mi tía Rosa, que es la experta definitiva en hacer bizcochos y mi punto de referencia absoluto, hace lo mismo. Y doy fe de que los bizcochos salen buenísimos. Así que yo no iba a ser menos.

Luego de tener todo esto batido, llegó el momento de echar el mejunje en el molde, previamente engrasado y enharinado, para que no se pegara el bizcocho. En realidad, todo el mundo sabe que es inútil: el bizcocho se pegará igual. Pero no iba a empezar a romper las reglas ya en mi primer bizcocho.

Fue entonces cuando me di cuenta de un detalle: había comprobado cuidadosamente que tenía todos los ingredientes (lo que quiere decir que recordaba vagamente tenerlos todos, y no me molesté en mirar), pero cuando llegó el momento de engrasar el molde ... descubrí que no tenía ni aceite ni mantequilla.

Retruécanos.

Por supuesto, no hay obstáculo insalvable para el que tiene una misión; y mi misión hoy era hacer bizcocho. La función del engrasado en el molde, como dije antes, es evitar que se pegue (mucho) el dulce, bizcocho en este caso. Normalmente se usa mantequilla, pero se puede usar margarina o aceite. Mi tía, que es una profesional, usa aceite y luego, además, un papel especial para hornear. No sé dónde lo consigue o cómo se llama, pero supongo que hará falta el carné de cocinero veterano para que te lo vendan. En cuanto lleve unos años con esto, yo también lo haré así.

Pero estoy divagando. Decía que lo normal es usar mantequilla, margarina o aceite. Es decir, cualquier cosa con grasa, no importa realmente lo qué. Por un fugaz momento, consideré usar el aceite que había sobrado de freir algo sin identificar que mi hermana había preparado. Me daba igual que me bizcocho supiera luego a huevos fritos. Estaba desesperado.

A pesar de eso, pronto me di cuenta de que no hacía falta tomar esas medidas. Había una solución, algo que recordé de repente. No era elegante, no era convencional, pero valdría.

Todavía tenía medio bote de mayonesa en la nevera.

Así que, aparte del bote de leche, añadí a la receta el engrase con mayonesa. Luego esparcí harina con cuidado, quitando la que sobraba. Luego eché el producto batido en el molde. Y llegó el momento de hornear.

El horno es una de las herramientas más antiguas de la cocina. Los hornos artesanos están hechos de piedra o ladrillo. Para calentarlos, primero se mete leña dentro y se deja arder durante un rato. En gallego, esto es lo que mis tíos llaman roxar el horno. La piedra (o ladrillo) queda tan caliente que luego se puede meter la comida dentro y dejarla un rato, hasta que está hecha. La piedra conserva muy bien el calor, y se puede usar durante unas pocas horas después del roxado. Mi tía usa uno de estos hornos. Hasta para eso es profesional. Yo, humilde pisaverde de la ciudad, me tuve que contentar con usar el mucho más avanzado pero menos satisfactorio horno eléctrico de la cocina.

La teoría es ésta: hay una rueda para la temperatura, otra para el tipo de "calentamiento" y otra para el tiempo. La combinación de estos tres mandos, como las tres conchas de la película aquella, es la que nos ofrecerá el resultado final. Para el bizcocho, yo tenía apuntados 20 minutos a 180 grados. Pero no tenía apuntado el tipo de calor que tenía que aplicar. Así que, ante la duda, hice lo más razonable: usar el de dibujo más bonito. Escogí el que tenía unos triangulitos en la parte superior, porque había puesto el bizcocho en la bandeja de arriba del horno. Con esta disposición, puse el temporizador en 15 minutos (como el bizcocho era la mitad que uno normal, me daba un poco de reparo poner los 20 minutos de rigor), y me dispuse a esperar.

Cinco minutos después, abrí el horno todo alarmado, porque salía algo de humo de dentro.

Falsa alarma: al parecer, es normal que salga algo de humo/vapor. Es un producto normal del horneado. ¿Y cómo lo sé? Porque lo pone en el manual del horno. ¿Y por qué miré el manual del horno?

Porque el temporizador dejó de funcionar.

Recontrarecórcholis.

Pues sí. Cuando, después de comprobar que no había nada ardiendo dentro del horno (y de cambiar la posición del tipo de calor de la que yo tenía, que resultó ser "Gratinar", a la de "Hornear", que era la correcta; aunque sigo diciendo que era más bonita la de Gratinar), intenté volver a ponerlo para que el bizcocho siguiera su metamorfosis de masa amarilla informe a jugoso dulce, el temporizador se rió de mí y se empeñaba en volver a su posición de cero. Probé varias combinaciones de apretar/empujar, pero nada. Tampoco quería romper algo, así que me dediqué a pensar un momento antes de actuar. Luego aporreé la encimera durante un rato para desahogarme, pero nada más. Todo muy civilizado.

Tras varias pruebas, descubrí que podía poner el temporizador en "manual". El horno se creía que podía vencerme porque no me dejaba poner el temporizador, pero no contaba con una cosa: TENGO UN CRONÓMETRO CON CUENTA ATRÁS. ¡Ja! ¡Chúpate ésa!

Luego recordé que el cronómetro se había quedado sin pila dos días atrás.

<insertar interjección cursi aquí>

Así que el recurso que me quedaba era el evidente: usar el reloj normal y corriente, anotando cuándo empezaba y cuándo tenía que acabar. Parece lo evidente, pero sin tener ninguna alarma que me avisara cuando era el tiempo de apagar el horno, temía olvidarme y que cuando abriera el horno me encontrara con algún producto carbonífero en lugar del bizcocho que yo perseguía. Pero a grandes males, grandes remedios, y usé el primitivo sistema para la medición del tiempo.

Cada poco tiempo iba a ver cómo estaba el bizcocho, y viendo que no iba mal, lo dejé 20 en lugar de los 15 minutos que tenía pensado en principio. Por fin llegó el momento, y saqué el producto de mis esfuerzos. Qué emoción. Qué nerviosismo.

No tenía mala pinta. No había hinchado mucho, pero el molde era grande y, al fin y al cabo, sólo eran cuatro huevos. Probé el método del palillo para ver si estaba bien hecho (insertar un palillo y, si está seco al sacarlo, es que está bien hecho), y dio positivo. Así que corté un trocito para probarlo.

A pesar de que no sabía mal, el resultado no era el esperado. Había sido demasiado mojigato a la hora de hornear, y aquello se acercaba a lo de bizcocho, pero no lo era. Era más bien algún producto de huevo con un poco (y demasiado poco, además) de azúcar. Estaba bueno, eso sí. Y no se notaba nada lo de la mayonesa, uno de mis miedos. No se me había pegado más que lo esperable (es decir, no había quemado el fondo del bizcocho, pero se pegaba un poco), lo que era otro punto positivo. Por si acaso, y violando todas las reglas y costumbres culinarias, volví a meterlo otros cinco minutos en el horno, con la esperanza de que se enderezara y creciera, pero no hubo suerte.

Así que, al final, hubo dulce, pero no tan bien como quisiera. Pero no estuvo mal para un primer enfrentamiento. Ahora queda por resolver el tema del horno, con el que tendré que hablar seriamente para ver qué estaba pensando cuando me dejó sin temporizador. La próxima vez me saldrá mejor.

Y me acordaré de comprar margarina.

¿Tiene usted alma?

A través de concienzudas reflexiones, he llegado a la conclusión de que no todas las personas tienen alma. Es la única justificación posible para la situación actual del mundo y la sociedad.

Por lo tanto, como buen dropout de una carrera científica, el siguiente paso es pensar cómo se puede determinar la presencia de alma de una persona. Y para ello he desarrollado el ...

Test Xoubológico Estándar de Presencia de Alma

El TXEPA evalúa la presencia de ciertas reacciones naturales en personas almáticas o almadas (con alma), pero ausentes en personas desalmadas (o inalmáticas). Siga las indicaciones a continuación si quiere saber si es usted el afortunado poseedor de un alma genuina.

Podría tener usted alma si ...

  1. Siente escalofríos al escuchar Tender Surrender (de Steve Vai, LP Alien Love Secrets).
  2. Se emociona con las películas Moulin Rouge (la moderna protagonizada por Nicole Kidman y Ewan McGregor), En el nombre del padre y Mi vecino Totoro (y sé que me voy a arrepentir de poner ésta).
  3. Reconoce la belleza tanto de un paisaje verde y bucólico como del desierto del Sáhara o los desiertos helados de la Antártida.
  4. Se divierte y se sorprende con las preguntas de los niños pequeños.
  5. Le gustan los gatos.

Y podría no tener usted alma si ...

  1. Vota a un partido de derechas (PP o equivalente) de forma consciente y razonada.
  2. Cree que los niños deberían estar quietos y callados.
  3. Cree que los artistas son unos vagos que no quieren hacer un trabajo de verdad.
  4. No alberga ninguna duda sobre sus creencias religiosas.
  5. Cree que hacer lo correcto es un lujo que no siempre se puede permitir.

Sume un punto por cada elección en la primera lista, y reste uno por cada una en la segunda. Si el total es positivo, ¡felicidades! Tiene usted alma.

Si el resultado es nulo, la presencia de alma se supedita a la respuesta a la siguiente pregunta: ¿le parece que tiene sentido plantear un test como éste? Si la respuesta es afirmativa, tiene usted alma. Si no, pues no.

(ya sé que el test no es neutral ni lógico; por eso se llama Xoubológico; si no les gusta, hagan el suyo propio, vagos)

Limpiacristales

He llegado al moksha de la vida como friki soltero (dos palabras no necesariamente relacionadas, a pesar de la creencia popular). Un descubrimiento ha marcado un punto de inflexión en mi vida.

La vida humana se ha visto siempre atada al devenir cotidiano de la limpieza. Cuando Dios dio la proverbial patada en el culo a Adán y Eva, les dijo: os ganaréis el pan con el sudor de vuestra frente. Pero lo que no dijo, e iba implícito en la condena, era: y también se acabó eso de que San Miguel os limpie la casa; que lo haga Rita (no se sabe si ya era un aforismo de aquella, o realmente se lo encargó a esa tal Rita y ésta nunca se presentó, creando la noción del absentismo laboral). Está escrito (apócrifamente) que fue esto lo que más dolió a nuestros antepasados, porque San Miguel dejaba el suelo tan limpio y brillante que había que entrar con gafas de sol en el salón. En cualquier caso, no sólo hubo que ganarse el pan con el sudor de la frente, sino también saber cómo limpiarse el sudor después. Fue buena la que nos endilgó el Gran Padre, la verdad.

Pero miles de años después, el hombre ha conseguido por fin sacudirse el yugo de esta condena. Aparte de los funcionarios, libres de la primera parte, para aquellos condenados que todavía estábamos sometidos tanto al sudor de frente como a la limpieza casera una nueva arma nos ha sido concedida para bregar en esta guerra: el limpiacristales.

Este producto es increíble. No hay suciedad que se le resista, aplicando la combinación correcta de cantidad de producto y fuerza de frotación. Una breve lista de sus capacidades:

  • ¿Mesa sucia? Solución: limpiacristales.
  • ¿Ordenador mugriento? No pasa nada: limpiacristales.
  • ¿Teclas pegajosas? Por descontado: limpiacristales.
  • ¿Despertador al que no se le ven los dígitos por la capa de polvo que tiene encima? Fácil: limpiacristales.
  • ¿Ventanas sucias? Dalo por hecho: limpiacristales. ¡SÍ, TAMBIÉN VALE PARA ESTO! ¡Es increíble!

Aún me queda por comprobar si vale también para fregar los cacharros y lavarse el pelo, pero tengo mucha fe en su potencia. Les mantendré informados.

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